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EL CAMPAMENTO SILENTE Y UNA GRAN
DESILUSIÓN
A la hora convenida con el campamento, se
iniciaron las llamadas a través del equipo de radio del avión,
pero desafortunadamente no obtuvieron respuesta alguna, Se
repitió luego en cada oportunidad y hora señalada para los
contactos. Y la misma mala suerte que en otras ocasiones ... Fue
precisamente entre llamadas y llamadas cuando Jimmy Angel sufrió
la mayor desilusión; se trasladó a la orilla del río que, según
él, era lugar de su aterrizaje en 1920. Y comprobó su error al
notar la diferencia de una apreciación hecha desde el aire y la
cruda realidad de hacerlo, en tierra. ¡No era el sitio! Esto,
naturalmente, produjo un gran pesar en el grupo, pero el temple
de aquellos expedicionarios no cedió ante la adversidad y, de
inmediato, se dedicaron a planear el descenso.
En las alas del avión, se escribieron con tela y adhesivo, las
palabras "all ok" (todos bien), y con una
flecha se indicó el rumbo que seguirían. Jimmy también dejó una
nota en el avión, con la hora y resultado del aterrizaje, así
como la nómina de los integrantes del pasaje; además, se
dejarían abordo los aparatos y bultos no imprescindibles, a fin
de evitar estorbos en el descenso.
GENTE DE AIRE, GENTE DE TIERRA ...
A Jimmy, hombre más de aire que de tierra y, a
María, por su condición de mujer, se les asignaron los bultos
más pequeños y livianos, mientras que Miguel y Gustavo llevarían
los morrales y el mecate. Al clarear el día 10 de octubre de
1937 se pondrían en camino. O sea, el día siguiente. Antes se
agotaría el último recurso: ¡intentar el hacer contacto con el
campamento! Al atardecer, una nota insignificante vino a alterar
el ánimo de aquel grupo: una zorra con sus cachorritos. Tan poco
visitado era aquello -incluso por otros animales- que la zorra
no opuso resistencia, ni se tornó agresiva, cuando Heny tomó en
sus manos a dos de dichos cachorros. Con estos pasaron un rato y
hasta compartieron su primera comida.
A la mañana siguiente, y ya agotada la batería del avión tras
los fallidos contactos radiales, el grupo inició su caminata
hacia el farallón, el cual tendrían que escalar luego y
atravesarlo, a fin de pasar al otro lado. Esto constituía la
preocupación de los expedicionarios, Pues fue allí donde Gustavo
se vió detenido hacia 15 días y se había devuelto, al no
encontrar la forma de bajarlo por el lado que ahora precisaban
escalar.
La marcha se hacía lenta, pues tenían que ir abriendo picas,
unas veces por grandes helechales, otras por ramazones trabadas,
y otras para vadear los ríos. Hubo días en que escasamente
pudieron avanzar unos 150 metros, y en una ocasión, debido a que
al llegar a la orilla de uno de los ríos que cruzan la meseta,
se dieron cuenta de que era muy profundo y sólo podía
atravesarse tumbando una mata para hacer una especie de puente.
Otro día, la vegetación de helechos era tan tupida, que la pobre
María salió con la cara rasguñada e hinchada debido al roce de
las hojas.
Pese al lento andar en ocasiones, al llegar a los claros se
ganaba tiempo, y pronto estuvieron frente a la mole de cuarcita,
llena de grietas, y la que debían subir y bajar. Tras a1gunos
fallidos intentos encontraron una grieta que les facilitó el
paso y con la ayuda del mecate, nuestros cuatro personajes
pasaron con éxito al otro lado. Ya en este lugar, la situación
cambiaba favorablemente, pues el terreno era familiar para
Gustavo y todo se reducía a una buena caminata, que si bien no
era fácil, al menos ya estaba trillado por uno de ellos.
Conociendo el tiempo que invertirían en llegar al campamento,
parte de las provisiones fueron dejadas en el camino para
aligerar la marcha. Una vez que llegaron al borde del cerro,
divisaron el campamento y un avión que llegaba, el cual, dijo
Jimmy, debía ser piloteado por Josué López Henríquez, quien le
había prometido visitarlo en esos días. Precisamente se
realizaban los preparativos -con la llegada de Josué- para
vuelos de reconocimiento, a fin de localizar a los viajeros
extraviados, cuando éstos se presentaron, por sus propios
medios, al campamento. Erróneamente se cree que todos llegaron
en malas condiciones físicas. Pero no fue así. Las previsiones
tomadas antes del vuelo les permitió llevar a cabo el agotador
retorno. Habían transcurrido 11 días desde el despegue ...
Arriba, en el cerro, cual monumento histórico quedaba el avión
"Río Caroní", compañero inseparable de Jimmy, y como un hecho
fehaciente de la osadía e intrepidez del piloto y sus
acompañantes. Como lo había prometido a Jimmy, de revisar toda
la meseta, Gustavo retornó al lugar donde había quedado el
avión, a fin de traer todas aquellas pertenencias dejadas,
incluso los aparatos de cine y fotografía. Por cierto, la
película tomada comenzó a pasar de mano en mano y hoy se
desconoce su paradero. No así las fotos -que ilustran este
reportaje- que también han sido suministradas, igual que la
narración de los hechos, por el señor Gustavo Heny.

ruta del descenso
EPÍLOGO DE UNA ODISEA
Después de la odisea, Jimmy pasó algunos
sinsabores en Venezuela y, apesadumbrado, se retiró a vivir en
Panamá, donde murió en 1956. Fue su último deseo el que sus
cenizas fueran traídas a Venezuela y esparcidas sobre la región,
que tantas aventuras le deparó y de la que siempre guardaba un
profundo recuerdo. Sus deseos fueron cumplidos. María, su hijo y
Gustavo, en sencilla pero emotiva ceremonia, esparcieron desde
un avión y sobre el Salto Ángel, el contenido de aquel cofre
que, como diáfana nube, se abrazó al Salto, y con él regó para
siempre la tierra que Jimmy tanto amó ...
Tomado de:
Líneas, Nº156, abril, 1970, pp.10 a 16
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